¡Yo acuso!

 ¡Yo acuso!

Carta al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires


Señor Gobernador,

    ¿Me permitirá usted, en mi condición de ciudadana comprometida con el destino de esta patria, comparecer ante su investidura para exponer la verdad desnuda, aquella que sus ministros le ocultan y que su propaganda oficial intenta sepultar bajo toneladas de retórica vacía? No es mi intención insultar su persona, sino iluminar la alarmante decadencia que asfixia a la provincia que usted fue elegido para conducir.

    No vengo a repetir las gastadas consignas de sus detractores de siempre. Vengo con el dolor de la verdad implacable, con la indignación de quien ve desmoronarse un destino colectivo bajo el peso de las ambiciones mezquinas. Tengo el deber de hablar. No seré cómplice del silencio cortesano que hoy lo rodea, un silencio comprado con favores y blindado con aplausos de cartón.

    El drama actual de la Provincia de Buenos Aires no se explica solo por las variables económicas, sino por una crisis moral que anida en el corazón de su propio gobierno. Quienes hoy lo empujan a la aventura del aislamiento actúan bajo el combustible del resentimiento. Por eso, Yo acuso a los cortesanos que lo han arrastrado a una traición abierta contra la mujer que construyó los cimientos sobre los cuales usted hoy se para. Esos funcionarios que hoy lo rodean y le han susurrado al oído palabras como pragmatismo o verticalismo, pero sin control remoto, claro está, no buscan la grandeza de la provincia; buscan la venganza personal. Son los heridos del pasado reciente: los que fueron desterrados del gobierno anterior, los que arrastran el desprecio de haber sido eyectados por pura incapacidad de gestión y los que hoy caminan rumiando el despecho de haber sido apartados por quien tuvo la lucidez de no querer conducirlos.

    Es una venganza ciega, Señor Gobernador, una soberbia de palacio que les impide ver la cruda realidad social que late afuera de sus despachos. Son espectros que habitan un crepúsculo político, almas marchitas que confunden el eco de sus propios rancios rencores con el clamor de una gesta heroica. Han roto el partido, han fracturado el movimiento, prefiriendo ser reyes de una parcela en ruinas antes que soldados de un proyecto nacional.

    Yo acuso a esa burocracia de pretender disimular las profundas deficiencias del Estado bonaerense bajo la eterna excusa de la falta de obra pública. Bien sabe usted que no todo es asfalto y cemento; la dignidad de un Estado se mide en la ventanilla donde se atiende al desamparado. Y hoy, su administración es un laberinto de ventanillas heladas y engranajes herrumbrosos, un verdugo que marchita con indolencia y demoras cada trámite que un ciudadano intenta sembrar. No hacen falta presupuestos faraónicos para que las dependencias públicas dejen de ser laberintos kafkianos; hace falta voluntad de servicio, empatía y eficiencia, tres virtudes que su gabinete ha decidido jubilar.

    Yo acuso a la dirigencia sindical entreguista, a esos jerarcas que, a cambio de prebendas y favores sectoriales, han decidido olvidar sus sagradas obligaciones para con el trabajador bonaerense. Son mercaderes de la fe obrera que han transformado el estandarte de la lucha en un pañuelo de seda para secar el sudor de sus propios privilegios. Esos mismos que hoy se llaman a un silencio sepulcral ante el sufrimiento de sus afiliados, pero que nunca faltan en la primera línea de la foto oficial, engordando el coro de una puesta en escena decadente. Han cambiado las banderas de la justicia social por una burda amnistía a la ineficiencia de gestión.

    Yo acuso a su gestión de refugiarse cobardemente en el dolor ajeno para justificar su propia parálisis. Ya bastante trágico y descabellado es el ajuste del gobierno nacional, que con crueldad manifiesta ha dejado en el desamparo absoluto a los más vulnerables, ensañándose con los pobres, los discapacitados y los jubilados, como para que usted pretenda convertir ese sufrimiento en su única coartada. Utilizar el desastre ajeno como escudo para ocultar la propia tibieza y la inacción de su mandato es un acto de cinismo intolerable; el hambre de un jubilado no se alivia señalando con el dedo al verdugo de enfrente mientras las manos propias permanecen cruzadas. Entienda, Señor Gobernador, que el viento de la historia está cambiando y el mapa entero de América del Sur está hablando con un rugido inconfundible. Los pueblos ya no se conforman con un frío resultado económico ni con la promesa de una estadística menos cruel; hoy la sociedad exige un quiebre radical de conducción. La crisis actual nos ha demostrado que el problema ya no son los partidos políticos ni las banderas desgastadas, sino los hombres que las arrastran: hombres pequeños, carentes de coraje y grandeza, aferrados a sus privilegios mientras las calles reclaman líderes de una nueva estirpe morales y transformadoras.

    Señor Gobernador, entienda de una vez que la política tradicional ha muerto. La sociedad actual ya no tolera a los caudillos de siempre ni los pactos de comité a espaldas de la gente. Se impone un cambio radical. El pueblo está hastiado de las figuritas repetidas que saltan de un cargo a otro arrastrando sus fracasos. Urgen ideas nuevas que no se sustenten en el facilismo de criticar al gobierno oficial como única razón de ser. La verdadera alternativa se construye armando una opción real, donde los proyectos y la gestión tengan continuidad en la medida de sus resultados, despojados del sectarismo partidario e incorporando el mérito sin importar de qué color político provenga.

    Usted mismo lo dijo en su hora de aparente audacia: que era tiempo de "componer una nueva canción y no una que sepamos todos". ¡Qué cínica paradoja! Si de verdad quiere componer una melodía nueva, deje de pedir desesperadamente los votos de aquella que sabe perfectamente qué notas y qué melodías tocar. No está obligada a apoyarlo. Es una burla pretender jubilar al director de la orquesta mientras se le ruega que le preste su público para llenar el teatro.

    Y si usted sostiene que la música se compone colectivamente, haga algo útil: frene a sus delfines, controle a sus hordas militantes que caminan la provincia imponiendo condiciones con la prepotencia de los conversos y la intolerancia de los que no tienen votos propios. Es imposible ensayar una partitura de consenso cuando sus emisarios exigen sumisión absoluta a punta de látigo y billetera provincial.

    Al lanzar estas acusaciones, sé que provoco la ira de la corte de resentidos que lo custodia. Pero la verdad tiene una belleza trágica que ninguna maquinaria de propaganda puede sepultar. Puede usted seguir rodeado de sus caudillos marchitos, cantando canciones viejas con músicos desafinados, o puede decidir, finalmente, gobernar para los bonaerenses y asumir el costo de su propia madurez política. La historia, que no se escribe con gacetillas de prensa, ya está dictando su veredicto.

 

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